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lunes, 20 de mayo de 2019

La historia de Yolanda Arango Panezo: “Buscar Ayuda fue una Buena Decisión”


Yolanda vivió entre las brisas y los relámpagos de su propia vida, la enfermedad de su padre -Juan Arango-, otrora amante de la música, el buen licor, las mujeres, el ciclismo y galán de la pulcritud, la decencia y el buen trato con sus semejantes.

Y aunque Juan se fue hace apenas unos años, su hija lleva en los ojos la nostalgia del amor y la peculiar manera de buscarla muy a pesar de su fracturada memoria. A sus 71 años de edad, ella se siente tranquila mientras asume otra etapa de su vida, dejando ir con amor a quienes fueran foco de sus más grandes afectos en distintos momentos de su vida: Mamá, Papá, Esposo y Mona -su mascota-, y abrazando lo que le regala cada día.


El Sacrificio de una Mujer

No es coincidencia encontrar en Yolanda Arango Panezo, enfermera y docente pensionada de la Univalle, esa cualidad que distingue a quienes en algún momento de su vida han tomado el rol de cuidadores. Su entrega venía de tiempo atrás. En su profesión dedicó sin reparos tiempo vital a un bien mayor. Fue ficha clave en la construcción de políticas de Salud Pública durante la década de los 70´s y 80´s. 

Sus aportes fueron y siguen siendo apreciados por la Organización Panamericana de la Salud, OPS y por la Organización Mundial de la Salud, OMS, quienes delegaron en ella comisiones que le valieron amenazas, persecuciones y ser asilada fuera del país.

Así tal y como luce ahora, sencilla, natural, humilde y una mujer de suaves palabras, fue pionera en el estudio y construcción de bases firmes que dieron pie a movimientos sociales y políticos de justicia de género y sociales en salud. “Me monté en unos pianos muy pesados”, dice sonriendo, al respecto.


La joven Yolanda, tímida pero firme, decidió prontamente su profesión en el campo de la salud gracias a una amiga que le habló maravillas de formarse como enfermera. Así empezó su relación con la Universidad del Valle que la llevaría en un camino de distintos cargos retadores, que curiosamente nunca derivaron en el ejercicio clínico. Fue investigadora, docente y asesora hasta el momento de su pensión luego de toda una vida al servicio de la institución.

Yolanda observa con curiosidad cómo la vida siempre la llevó por caminos que nadie había recorrido antes. Cuando terminaba sus estudios fue invitada a unirse a un proyecto de investigación en salud pública en el Chocó, lo que la llevó a escribir y documentar la situación latinoamericana. Reconocida y motivada por un oficial de Allende asilado en Colombia, vivió en Cuba becada, con un pago escaso y lejos de su pequeña recién conformada familia, durante un año y medio.

Recuerda con dolor el gran sacrificio de dejar a su pequeño hijo, a su esposo y de no haber tenido la oportunidad de acompañar a su mamá Minita cuando enfermó del corazón y murió faltando sólo meses para completar su misión en La Habana.

Sin saber que en el futuro su investigación le daría pautas para sí misma, le fue encargado crear una nueva propuesta de Salud Pública con respecto al Auto-Cuidado en la salud de las mujeres desde la perspectiva de género, una nueva línea de trabajo de la OMS que fue aceptada en 14 países de Latinoamérica. “Hasta ese momento la salud de la mujer solamente se veía por la maternidad, todos eran programas materno infantiles, el resto no existía”, asegura con modestia y con la sensación del deber cumplido.


Perdiendo al Gran Hombre

Los primeros síntomas de Juan, su padre, llegaron sin previo aviso. Ella trabajaba en una misión humanitaria en el eje cafetero luego del terremoto, del 1999 cuando empezó a notar cambios en su conducta. El hombre que nunca tuvo deudas le empezó a pedir dinero prestado con alta frecuencia ya que debido a sus olvidos, las cuentas en casa no estaban al día. Se le sumaban errores cuando conducía, olvidar con frecuencia las claves del cajero y tener estados de ánimo cambiantes.

Fue justamente la inquietud investigativa que la caracterizaba la que la hizo tomar la decisión acertada, opina contundentemente, “buscar ayuda y encontrar a la Fundación Alzheimer en Cali”.



Acerca de cómo enfrentar la enfermedad y sus distintas fases asegura que “La gravedad de la situación te va dando las pautas para poder enfrentarlas, pero esto sobre todo si cuentas con el acompañamiento de quienes saben y te pueden asesorar. Como lo hace la fundación, diciéndote: Ojo, que esto va para allá...Sin la Fundación mi vida hubiera sido un caos, porque yo estaba sola (con su enfermedad)”.

"Sin la Fundación Alzheimer de Cali mi vida hubiera sido un caos, porque yo estaba sola (con su enfermedad)".

Ser Cuidadora

Estos cambios en su vida se dieron en la cotidianidad, en las relaciones intrafamiliares, en los gastos crecientes, en atender repentinos cuadros de enfermedad, en tener que retomar el trabajo para aumentar los ingresos. Tras dar el primer paso y aclarar el diagnóstico con la Fundación Alzheimer, durante la primera fase, Juan se pasó a vivir a su hogar de forma permanente. En casa la atención estaba asociada al cuidado de una persona mayor: alimentación, prevención de accidentes, acompañamiento, recreación, musicoterapia, televisión y cortos paseos.

Yolanda recomienda a quien tenga que enfrentar este duro diagnóstico “Que entienda que va a ser un proceso largo, de deterioro progresivo. Que su ser querido va a quedar dependiendo totalmente de quienes lo cuidan. Que no es algo de lo que se va a recuperar con un medicamento. Que busque ayuda profesional. Si uno no tiene una educación al respecto le va a quedar muy difícil. Se necesita entender, que nos lo expliquen y tener acompañamiento durante el proceso. Uno hace negación y piensa que la persona no va a llegar al deterioro al que puede llegar. Es como un mecanismo de defensa”.

Contar con apoyo durante los 18 años en que Juan fue paciente de la institución, ella veía que estaba como en casa, Sentirse querido, apreciado, como en su hogar, nunca ignorado sino cuidado en medio de lo mejor. Nunca pensé en cambiarlo de lugar”.

Una de las estrategias como cuidadora empoderada fue “combinar la vida de mi papá como una realidad pero también vivir mi propia realidad. Tener las otras realidades le dieron motor a mi vida”.



Asumiendo el Reto Propio del Cuidado

Fue tal vez el dejarse a sí misma de lado durante los años más fuertes de su profesión, de compromisos, de grandes responsabilidades, de un duelo por elaborar y de tanto sacrificio lo que en un momento de su vida la pasó factura sumiéndola durante casi 2 años de una depresión muy profunda que la confrontó con todas sus emociones “Esos dos años fueron como estar en el Infierno”.

Años más tarde, ser cuidadora de su padre también significó una gran inversión emocional que le demandó tomar medidas para protegerse del desgaste psicoemocional derivado. “Es una responsabilidad a largo plazo, por lo que se debe tomar distancia, desconectarse ocasionalmente. Aún con la responsabilidad se deben tomar espacios para oxigenarse y descansar”.

Como cuidadora buscaba el descanso en distintas actividades: hidroterapia, escuchar música, hablar con amigas de sus sentimientos, leer, ir al cine, hacer caminatas, disfrutar de atardeceres, armonizar ambientes con aromaterapia. La meditación vipassana, una terapia que estimula la comprensión de la realidad, fue otro de sus recursos.

Acerca de sus rituales de autocuidado, asegura que todo esto surge más fuertemente a raíz de su divorcio. “Yo no estaba lo suficientemente entendida de lo que iba a suceder. La naturaleza me enseñó, me ayudó a darme cuenta de que todo tiene finitud. Esperar a que otro ritmo vuelva a circular y aprender que todo obedece a un ciclo. Me ayudó a entender que no siempre todo es felicidad, no siempre todo es sonrisa, está el dolor, está el llanto, está otra vez la sonrisa, y así lo pude ir asimilando y superarlo poco a poco”.

Hace 10 años vive sola en su casa en medio de la naturaleza. Toma clases de baile y se dedica tiempo para vivir lo mejor posible. Ya divorciada, deja ir el dolor de separarse de sus seres queridos: su mamá, su papá, su esposo de toda la vida y su mascotica que murió hace poco.


Quién fue Juan Arango

Juan Arango ingresó a la Fundación Alzheimer en 1999 para sus cuidados a lo largo del avance de la enfermedad. Su diagnóstico fue enfermedad de Korsakof, un tipo de demencia senil generalmente asociado al consumo frecuente y desmedido del alcohol. Fue uno de los primeros pacientes de la Fundación. Empezó asistiendo al Centro Día para terapias acordes con su pérdida de memoria.



Antes de sus primeros síntomas, se había caracterizado por ser una persona con alta autoestima, muy independiente, un comerciante con solvencia económica, de gran sociabilidad entre sus amistades, con marcado gusto por la música romántica y bailarín social asiduo. Durante 15 años fue aficionado al ciclismo recreativo con jornadas largas de entrenamiento y participación exitosa en competencias. Su cordialidad y su alegría hicieron que fácilmente se ganara el afecto de sus cuidadores dentro de la institución.

Cinco años después de su primera visita a la Fundación se hizo huésped de lunes a viernes y unos cuantos años más tarde, su alojamiento se hizo permanente. En esas últimas décadas tuvo también varias afecciones de salud como una cirugía ocular, cáncer de próstata con metástasis óseas y fracturas por caídas. Murió en 2017, debido a complicaciones en el proceso de deglución, uno de los síntomas avanzados de la demencia senil.



Por: Francia Lasso Ronderos, Comunicadora Social – Periodista, Fundación Alzheimer Colombia




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